Gallo Rojo No 3


Ya son tres los Gallos Rojos que hemos encontrado en la arena. Hay muchos gallos negros muy grandes en la media que miente, pero el rojo es valiente. Ahora la media sos vos, comparte este material con tus amigos y en tus redes.
Esto pretendemos con estas publicaciones, ser valientes con notas esta vez de Jorge Zabalza, los estudios de Willam Yohai, y otros intelectuales que nos ubicarán en la actualidad nacional e internacional.




viernes, 20 de mayo de 2016

Golpe sin fuerzas armadas




Enviado por Jorge Zabalza


Allá por los '70, Jorge Pacheco Areco gobernó con medidas prontas de seguridad durante 1117 de los 1541 días que fue presidente constitucional del Uruguay. El mecanismo utilizado está establecido en la Constitución para “casos graves e imprevistos, de conmoción interior o ataque exterior”. Pacheco estiró como un chicle el concepto de conmoción interior, atribuyendo a conspiraciones internacionales las movilizaciones sindicales y estudiantiles. Evidentemente Pacheco Areco empleó la Constitución como un instrumento para dar un 'golpe de estado técnico', como se le definió en aquellos tiempos y que se tradujo en asesinar obreros y estudiantes, torturar en jefatura y reprimir a sangre y fuego sin que, por ello, dejaran de funcionar el parlamento y el poder judicial. ¡Desde el punto de vista estrictamente formal todo era jurídicamente legal y constitucional! Otra cosa era cuando se miraba la realidad con ojos políticos, libres de los formalismos y exquisiteces jurídicas. Lo mismo puede decirse del 'estado de guerra interna' declarado el 15 de abril de 1972 por la Asamblea General, que suspendió constitucionalmente las garantías individuales. El presidente constitucional Bordaberry y las fuerzas armadas entendieron que les otorgaban permiso para matar y dos días más tarde asesinaron impiadosamente a los ocho compañeros de la seccional 20 del PCU.

Estos dos hechos, bien conocidos por la militancia uruguaya, permiten concluir que una constitución no es un ente imparcial o neutral como quieren hacernos creer, que no es una especie de ídolo regulador de la verdad política. La constitución es simplemente un instrumento político que sirve tanto para un barrido como para un fregado. Está claro que el golpe con constitución está pensado para disimular el uso de la fuerza y confundir a sus víctimas. En ese sentido, en Uruguay, el astorismo se hace eco de la tesis jurídico formal y sostiene que en Brasil 'no hubo golpe'. Parece ocioso discutirles en ese plano. Fue un golpe de los dueños del poder para hacerse del gobierno y aplicar un paquete de políticas contra el pueblo, el mismo proyecto que se está aplicando en la Argentina, Perú, Colombia y Méjico.

Más allá de lo moderado y procapitalista del gobierno de Dilma, los sectores más reaccionarios necesitaban gobernar directamente como está haciendo Macri y su equipo de CEOs. No querían más intermediarios ni esperar a las elecciones del 2018. No se movieron solamente impulsados por argumentos de índole económica sino también por necesidades del poder. No soportaban más que las políticas asistenciales, el 'mensalao', el 'lavajato' y los privilegios estuvieran en manos de los representantes del movimiento popular. “Es la economía, estúpido, pero también es el viejo problema del poder” y, obedeciendo a dichas necesidades, la derecha ortodoxa encontró un modo 'sin fuerzas armadas' para sacarla por la fuerza de la troya, un 'golpe blando' como le dicen... pero que será bastante duro para los brasileros más desprotegidos. ¿Por qué definirlo como golpe? Porque ése es el rol político que está cumpliendo en la lucha de clases, inclinando la balanza del poder hacia el polo mas reaccionario del espectro político. Es un golpe de Estado porque así lo entienden y lo sufren los millones de brasileros que integran el movimiento popular organizado sea socialmente o en partidos de izquierda, cuyas valoraciones son un reflejo de la lucha de clases. Es un golpe de Estado a confesión de parte porque, siendo presidente interino por 180 días, Temer está actuando como presidente 'de facto' y cambiando la política económica, el papel de Brasil en el campo interamericano y agudizando el sesgo represivo que siempre caracterizó al aparato policial brasilero. Toda nuestra solidaridad con el pueblo brasilero, sus organizaciones sociales y sus organizaciones de izquierda.
 
Recomiendo la lectura de la siguiente entrevista a José Correia Leite, politólogo militante del PSOL, publicada el 13 de mayo en 'Correio da Cidadania' y reproducida por 'Correspondencia de Prensa' del Uruguay.
 
Jorge Zabalza




Dilma cayó, Temer asumió y un clima de incertidumbre se cierne sobre el país. Si, de un lado, las manifestaciones que respaldaron el impeachment no se repitieron siquiera mínimamente después del logro, de otro lado, la reacción de los sectores progresistas, dentro y fuera del lulismo, todavía es confusa. Para analizar el intrincado momento histórico, Correio da Cidadania conversó José Correia Leite que liga la inestabilidad brasileira a un cuadro mundial no muy diferente de crisis sin soluciones.
 
-Correio da Cidadania: ¿Cuáles los elementos centrales de la crisis política de este período que llevaran a la caída de Dilma?
José Correa Leite: Son dos elementos básicos de partida. El primero dice respecto a la naturaleza de lo que ocurrió. No tengo duda de que fue un golpe institucional, que está en la secuencia de un proceso visto en otros países de América Latina, como Honduras en 2009 y Paraguay en 2012. Gobiernos electos por el voto popular son sustituidos por articulaciones de ocasión de las oligarquías, para derribar legalmente al presidente. Por tanto, frustran la voluntad y soberanías populares, al ver presidentes electos cambiados por oligarcas. Es la primera caracterización. Está de acuerdo con los cambios institucionales del continente en las últimas décadas, en que los militares ya no son la columna vertebral del conservadurismo, pero, si, las instituciones políticas y los grandes medios de prensa.
El segundo elemento central que parece definidor es que tenemos el agotamiento del ciclo petista, que corresponde a un cambio de período. No es simplemente el cambio de coyuntura, sino de período histórico, en sintonía con el mismo cambio de período histórico de América Latina. El período de reformas neoliberales de los años ’80 y ’90 generó resistencias populares, que acabaron expresándose en casi todos los países, gobiernos que se decían “antineoliberales”, o con mandatos de tal orientación. Partidos de izquierda fueron capaces de galvanizar el descontento con las políticas neoliberales y llegar a los gobiernos.
Raramente tales gobiernos hicieron rupturas con la orientación política neoliberal. Tuvieron el carácter de gobiernos que aplicaron políticas que podríamos definir como de redistribución neo-extractivista. O sea, en la nueva división internacional del trabajo cupo a los países latinoamericanos el papel de ofrecer commodities, materias primas agrícolas más baratos, para el avance de la industrialización asiática. En Brasil eso fue muy claro, inclusive con énfasis no sólo en la exportación de minerales de hierro, productos agropecuarios, sino también con la extracción de petróleo el pré-sal. Al mismo tiempo, se aplicaron políticas redistributivas. Los fondos venidos de tales exportaciones eran parcialmente derivados hacia políticas de redistribución del ingreso, que tuvieron impacto positivo en el combate a la pobreza, principalmente por la inserción de capas de la población en el mercado de consumo.
Ahora volvemos, en muchos lugares, a la aplicación de la política neoliberal plena. Significa un esfuerzo de reversión de elementos progresistas anteriores. Para la izquierda del continente que vivió 15 años en un ambiente rosa, es un cambio sustancial. Es lo que va a ocurrir en Brasil.
-Correio da Cidadania: ¿Por tanto, es el cambio de era, más allá de la coyuntura, lo que explica la transición forzada y hasta golpista, del poder al PMDB y evita el fardo de presentar tal programa en una disputa electoral?
José Correa Leite: Temer recibe un mandato para combatir la recesión económica con el programa que Dilma no conseguía llevar adelante. Es un gobierno vinculado ante todo al capital financiero y al agro-negocio sin elementos reformistas como antes. Es un gobierno de carácter conservador. Eso queda claro en el gabinete ministerial, que tiene la emblemática figura del ministro de Justicia, Alexandre de Moraes, comprometido aquí en San Pablo con el escamoteo de informaciones básicas de seguridad pública. Ni siquiera informaciones de homicidios se logra obtener con tal figura. De los 21 ministros, dos son investigados por corrupción y siete son citados por las investigaciones de la Operación Lava Jato. Estamos, por tanto, lidiando con un grado enorme de gansterismo.
Es un gobierno que tiene un corte claramente conservdor y al mismo tiempo no marca una ruptura tan profunda con el bloque de poder, cambiando al PT y PC do B por el PSDB y DEM. Así, muchos problemas que marcaron la política institucional permanecen. Eso hace con que podamos prever un escenario de inestabilidad, porque en principio el mandato viene con políticas muy impopulares: corte de gastos sociales, ajuste fiscal, congelamiento salarial...
No obstante, tales políticas tienen un precio electoral. Y no me parece que la base de sustentación del gobierno se disponga a promover políticas. Así, tendremos la continuidad de la inestabilidad política, pero, bajo un gobierno conservador.
Esta inestabilidad también se hace presente por las cuestiones pendientes sobre la salida de Dilma -decisión del Supremo Tribunal Federal- y por la eventual divulgación de nuevas cuestiones de la Operación Lava Jato.
Así, la política económica de corte liberal más claro puede provocar reacciones populares en las calles, movilizaciones importantes. Pienso que estas coordenadas diseñan lo que podemos esperar del gobierno Temer.
-Correio da Cidadania: ¿Sobre el agotamiento del ambiente rosa y la venida de una nueva derecha a retomar viejos ciclos, que vislumbra usted en la economía en este momento?
José Correia Leite: No da para retomar viejos ciclos. El cuadro internacional es muy desfavorable, no sólo en América Latina sino en el mundo en general. Desde 2008, el crecimiento es bajo en todas las regiones del planeta. Necesariamente, el capitalismo tendrá que inventar alguna cosa nueva. A medio y largo plazo, la aplicación de políticas neoliberales tiende a generar procesos mucho más recesivos.
Es muy difícil visualizar las alternativas posibles dentro del sistema. En toda parte, el dominio del capital financiero sigue imbatible. El bloque del poder no se alteró en el mundo. Tenemos una continuidad de políticas neoliberales, con una gran capacidad de crecimiento. De ese modo, podemos especular sobre eventuales salidas todavía más conservadoras, como se ve con la derecha xenófoba de Europa o con Donald Trump en los Estados Unidos. Significarán políticas más nacionalistas, más de corte autoritario.
En el caso brasilero, es difícil que este tipo de nacionalismo gane terreno. Podemos tener un conservadurismo de naturaleza antisocial más establecido. Pasaría por el sustancial fortalecimiento de la figura de un Bolsonaro en la próxima elección en 2018. Pero todavía es especulación.
-Correio da Cidadania: Todavía dentro del contexto económico, recientemente, el analista político argentino Jorge Benstein teorizó que la derecha que retorna al poder a través de figuras como Macri en Argentina no es igual a la derecha tradicional de los años ’90, además de optimista tendría fundamentos económicos más sólidos. Sería algo más “nihilista”, una “lumpenburguesía”, lo que en cierta medida coincide con la columna de Jânio de Freitas en Folha de Sâo Paulo de este jueves. Gobierno al servicio de los que siempre tuvieron más, quieren todo de una vez y punto final.
José Correia Leite: Sí, es una derecha con intereses completamente particularistas. En ese sentido, es interesante recuperar el análisis de Marcos Nobre, de la Unicamp (Universidad de Campinhas) que estudia al PMDB. Según él, FHC (Fernando Henrique Cardoso) y Lula gobernaron con macro-coaliciones, grandes articulaciones de gobierno capaces de incorporar múltiples intereses particularistas a una orientación general. Y Dilma, frente a la crisis internacional, intentó alterar el cuadro de forma tecnocrática, lo que dio mal. Intentó, por ejemplo, mezclar un trípode macroeconómico, lo que sería una alternativa progresista, pero no fue capaz de consolidar una nueva orientación política para su gobierno. Al hacer eso se confrontó con intereses muy poderosos del capitalismo financiero global.
La pregunta que queda es:¿será posible que en el próximo período exista una orientación política de la burguesía con capacidad hegemónica, de modo de reunificar múltiples sectores de la clase dominante y de la sociedad en torno de una orientación? Parece que no.
En ese sentido, y de acuerdo con el análisis de Benstein, asistimos en Brasil y en América Latina a una lucha desesperada de cada sector por su propia sobrevivencia. Y la disputa por las migajas en un cuadro en que la mesa está quedando más chica. Es un elemento importante para entender porque Dilma cayó. No es algo inmediato. Ella, aparentemente, implementaba la continuidad de la política de Lula. Pero de hecho ella intentó darle estabilidad al gobierno con una continuidad de la política de FHC de contención macro-económica, lo que mantenía al capital financiero dócil.
-Correio da Cidadania: ¿Cuánto hay de oposición de izquierda, cómo debería actuar, dentro o fuera de la institucionalidad?
José Correia Leite: La recomposición de la izquierda es un proceso que lleva tiempo, e incluso los reposicionamientos tácticos demoran, por ejemplo, los petistas todavía de mueven lentamente. Hay un vacío en la orientación petista, dado que la propia Dilma es una figura difícil de lidiar. Pero Lula, ya hace tiempo, trabaja con la idea de quedar en la oposición y prepararse para la disputa de 2018. En ese sentido, los petistas están construyendo una narrativa de lo que está pasando y cuál fue la naturaleza del golpe, con el fin de disputar una adhesión de masas. Eso busca consolidar su base social, que subsiste, e intentar preparar una nueva disputa más adelante.
Es una alternativa esencialmente falsa, al decir que el gobierno fue derrocado por sus cualidades, por haber promovido la inclusión, la reducción de la desigualdad, etc. Existieron tales elementos en la política, pero la disputa y la caída de Dilma se dio dentro de un cuadro en el cual la orientación era muy conservadora, con profundas políticas de ajuste.
Es evidente que el ciclo petista deja un legado de reducción de las desigualdades sociales en el país por la inclusión de sectores antes marginados del mercado como consumidores. Por tanto, refuerza una serie de características conservadoras, cuya expresión más paradojal es la teología de la prosperidad de las iglesias pentecostales. Personas que viven bajo tal creencia y fueron “bendecidos” por esas políticas económicas, atribuyen la mejoría de su situación a dios, y no a las políticas económicas.
Por tanto, el legado es contradictorio. Claro que el PT y sus partidos satélites van a pasar a la oposición con un punto de vista progresista. Van a colocarse como izquierda que combate al gobierno de la derecha. Es el balance de los gobiernos Lula y Dilma que venderán. Eso coloca para la izquierda que combatió el proyecto petista, hoy más visible en el PSOL (Partido Socialismo y Libertad), la tarea de conseguir llevar adelante un proceso de recomposición, de construcción de nuevas referencias, otro proyecto de poder para la sociedad brasilera, capaz de materializar un bloque histórico popular, con el fin de enfrentar las tareas pendientes, como las grandes reformas estructurales en la sociedad brasilera.
No será la afirmación de una izquierda sólo a partir de lo nuevo. Tendrá que ser capaz de incorporar, además de las nuevas generaciones políticas, a una parte de aquellos que se identificaron en el pasado con las políticas de Lula y Dilma. Tendrá que ser capaz de conducir luchas de frente único, de dialogar con sectores del antiguo bloque histórico. Para dar un ejemplo concreto: una de las cosas que delinean en el gobierno Temer es la desvinculación presupuestaria de la educación y la salud. Claro que tiene un carácter de corte de inversiones sociales.
Para combatir este proyecto, el PSOl, el PCB (Partido Comunista Brasilero) y el PSTU (Partido Socialista de los Trabajadores Unificado) pueden estar juntos en las calles junto al PT, el PCdoB (Partido Comunista del Brasil) y el PDT (Partido Democrático Laborista); lucharan juntos contra las políticas antisociales del gobierno Temer. Así, habrá una reeducación de la militancia que se forjó en los últimos 15 años de luchas contra el gobierno del PT y sus aliados. Por lo tanto, es un giro político importante, pues tendremos algunas luchas de frente único al lado de sectores que eran gobierno hasta hace poco. Va a causar extrañeza en una militancia joven que pasó toda su vida política bajo los gobiernos del PT. Una generación que desarrolló conciencia en una época que los gobiernos petistas aplicaban políticas regresivas en varios aspectos.
Otro aspecto es que el PT tendrá que ser oposición en las calles también, terreno donde no sabemos exactamente lo que sobrevivió del partido, después de tanto tiempo en la institucionalidad. ¿Cuál el poder de convocatoria de organizaciones como la CUT (Central Única de los Trabajadores) y la UNE (Unión Nacional de Estudiantes) como oposición? Tendremos varios test políticos en que veremos con precisión cual reposicionamiento político del petismo en la lucha de clases brasilera. En principio, será una oposición de izquierda a un gobierno de derecha, aunque todavía una izquierda bastante color rosa, con colores muy pálidos luego de su pasaje por el gobierno.
Y también muy comprometida con la campaña de Lula en 2018, figura que es blanco de una destrucción de la derecha, pero que mantiene un apoyo popular importante. Sabemos que el proyecto de Lula es extremamente moderado, un proyecto donde todos ganan, desde los banqueros a los beneficiarios del Bolsa Familia. Algo así ya se mostraba impracticable en el primer mandato de Dilma, en función de la profundidad de la crisis. Es otro elemento de disputa entre la izquierda socialista y el petismo en el próximo período.
Todo eso hace parte de una disputa narrativa y un balance de lo que pasó en Brasil y en América Latina en la última década y media. La izquierda socialista apunta, por encima de todo, a la insuficiencia de las políticas del lulismo. El petismo va a enfatizar los logros obtenidos bajo los gobiernos de Lula y Dilma. Tal disputa de narrativa es clave para el futuro de la izquierda brasilera. Definirá cual fuerza de izquierda socialista en el próximo período.
-Correio da Cidadania: ¿Vislumbra la posibilidad de que la idea de elecciones generales gane fuerza en el sentimiento popular?
José Correia Leite: Para completar, tendremos que saber cuál será la bandera de enfrentamiento al gobierno Temer. En este año, en lo inmediato, no puede ser otra que nuevas elecciones. Sabemos que no existe correlación de fuerzas para eso, pero puede existir y tornarse opción masiva caso que el gobierno Temer no consiga presentar soluciones estabilizadoras de corto plazo. Puede ser también un elemento de inestabilidad, de peso, para el gobierno Temer. El problema es que esa bandera ha sido bloqueada por el propio PT, con el argumento de que Dilma tiene que agotar todo el proceso legal del impeachment. Pero así perderemos el momento de levantar esa bandera, que debería estar pronta para salir a las calles ahora mismo.
Mientras tanto, el petismo está discutiendo que no puede levantar esa bandera ahora, porque perjudica la defensa de Dilma en el Senado y el Supremo Tribunal Federal. Es un preciosismo completo. Estas instituciones están comprometidas con el golpe institucional. Por eso, la única posibilidad de revertir el juego e impedir que el gobierno Temer se asiente, es cuestionar su legitimidad y apuntar que el cambio de gobierno debe estar de acuerdo con la voluntad soberana del pueblo, con nuevas elecciones.
Claro que idealmente tales elecciones deberían ser también elecciones parlamentarias, a fin de barrer la corrupción generalizada que toma cuenta del Congreso. Pero eso sólo sería posible con una sublevación popular en las calles, contra el orden político, como en 2013, pero de modo muy amplificado. No me parece que eso esté en el horizonte, inclusive por el desgaste institucional del PT y el grado de articulación entre golpistas, instituciones, grandes medios...
La demanda sobre la convocatoria de nuevas elecciones para presidente es relativamente simple de hacer y ser entendido por el pueblo, en torno del 60% de las personas ya prefieren nuevas elecciones. Pero la idea pierde validez y caduca, caso el gobierno Temer termine el año estable. Pero, en un plazo inmediato, es la bandera que puede mover la correlación de fuerzas de la actual coyuntura.
* Docente en ciencias políticas, militante del PSOL.

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